23.3.17

CLÍNICA LITERARIA TERCERA TEMPORADA, TERCERA JORNADA

Acá estamos clavando un envido con treinta y tres de mano.
Arrancamos la jornada leyendo un largo cuento de Lorrie Moore, la gran cuentista americana: “Una madre genial”. La de la chica a la que se le cae un bebé de los brazos… y no spoileo más. Después leyeron Mariana y Fernando. Los ejemplos que tomé para dar las explicaciones a mi corrección fueron uno de Walsh, muy canyengue, “La máquina del bien y del mal”, y uno mío que leí muy mal desde el teléfono tableta de Laura. Así que acá va el link para los que lo quieran leer bien:


La próxima empezaremos a conversar sobre el miedo en la narración, para lo que todos los presentes deberán anotar, traer para leer o contar pedacitos de películas, cuentos o novelas que les hayan causado pavor. Acá no nos vamos a reír del miedo, sino que vamos a usarlo para asustar. Ese es el ejercicio: hacer un cuento de terror que asuste. Bravo desafío.

Comimos una torta de cebollas y azafrán con empanaditas de queso que convidó mi gran amigo Fernando. Una cena exquisita. Con vino: este taller empieza a desbarrancar.

22.3.17

DDUM 563 / CARTERA DE DAMA / MARIELA CORBELLINI

"Un primer plano, recuerdo, a la altura de mis ojos: mi abuela sentada, sus rodillas. Sobre las rodillas bien juntas, como si fueran una mesita, el rectángulo perfecto de la cartera. “De vestir”, se decía. Una cartera de charol color castaño. Para mi abuela no había grises: las cosas eran buenas u ordinarias. Esta era una cartera buena. Del marco de cuero se enlazaban mediante dos aros de metal las manijas rígidas, perfectas, arcos de medio punto que servían para que mi abuela apoyara sus dos manos. Era su postura de elegancia. Entre las rodillas y las manos, la cartera. Una mano sobre la otra sobre los arcos de cuero; las manos de mi abuela con guantes blancos. Sin duda el evento lo ameritaba, porque la cartera de charol y los guantes blancos, sobre sus rodillas, eran señal de algo importante.
La cartera de mi abuela estaba casi siempre vacía, había pocas cosas en su interior: los caramelos de eucalipto que perfumaban todo lo cercano, un pañuelo bordado, los anteojos de sol con montura de oro, marco de pasta oscuro y cristales color verde, sin funda, porque el interior de la cartera era suave, forrada con gamuza color “camel”. El camel era un beige rosado, el color de moda en ese momento. Los detalles de lujo vienen ahora: un bolsillo escondido, imperceptible, sin tapa, sujeto a un borde con una larga tira, algo así como un sobre hecho de la misma gamuza, rectangular y pequeño, de unos seis centímetros por cinco, con tapita triangular. Y adentro, el increíble espejo que mi abuela usaba para retocarse los labios rojo Revlon.

Es una delicia para mí reencontrarme con ella cada vez que voy y veo la silueta de la cartera rehundida en el hormigón. Paso por la plaza y me acuerdo de la sonrisa Revlon de mi abuela, divertida y sutil. Siempre la saludo antes de seguir viaje."

21.3.17

DDUM 562 / SERRUCHO DE COSTILLA / EDUARDO SOBICO

“El serrucho de costilla es para hacer cortes perfectos” decía mi abuelo Fortunato en la piecita de la terraza, mientras hacía encastres en la pinotea para fabricar una banqueta para el cuarto cumpleaños de mi hermana. Fortunato era hijo de un italiano analfabeto pero constructor, que vino solo de Italia a sus 14 años y tuvo dos esposas y once hijos varones. Él era el hermano mayor, cuando llegó a tercer grado su padre dijo: “si sabe sumar y restar, que deje el colegio y venga a trabajar”. Fortunato heredó el oficio de la construcción y fue capataz. En la terraza de la casa construida por él, donde creció mi padre y donde viví hasta mis tres años, estaba la piecita de herramientas y taller al cual nadie podía entrar, salvo él. El lugar olía a cemento portland, madera y óxido. En la siesta, a veces yo subía y me arrimaba a la puerta cerrada a olfatear a través del gran agujero del candado. Otras veces Fortunato nos dejaba entrar, como el día del cumpleaños de mi hermana en el cual me dejó usar las herramientas.Me decía el nombre de cada una, aunque no las usáramos: fratacho, chuela y otros nombres italianos que después debí volver a aprender en la Facultad de Ingeniería por su nombre local.  ‘Serrucho de costilla’ lo decía en castellano, es el que más recuerdo.  Merecía estar en el monumento.”

20.3.17

DDUM 561 / GOTA Y VASO

Max Zolkwer donó una canilla vieja que había en una cajonera del Galpòn y un tazón que trajo de su casa. Aparentemente cosas que no servían. Pero también donó la idea del panel: hizo un dibujo en su cuaderno de notas donde la canilla goteaba sobre el tazón. La gota había quedado en el aire, congelada como en una fotografía.
Su diseño le agregaba una oferta dinámica a los objetos. Hasta ese momento todas las cosas posaban en una estática uniforme, como cualquier pieza en un museo. Este dibujo fue el primer gesto de movimiento en el hormigón, como si hubiera  detenido el tiempo en el cuadro de una historieta a la que solamente le faltara la interjección “plinc, plinc”

Hicimos la gota en plastilina.

16.3.17

SEGUNDO ENCUENTRO DE LA CLÌNICA LITERARIA / TERCERA TEMPORADA

Prometí no empezar por la comida, pero ayer preparé sushi según indicaciones de los hermanos D´Ambra y me salieron de rechupete. Hice, incluso, dos barras   vegetarianas para Mariana, que faltó. Al rincón. 
La foto del roll antes de  enrollar es para Fernando, que no me creyó que los hubiera hecho yo.

El cuentazo fue de Carlos Gardini, un  grande que falleció hace muy poquito. O sea, fue un homenaje. “Primera línea”, mi relato favorito de Carlos, pertenece al libro del mismo nombre publicado por Editorial Sudamericana. También leí “No es una línea recta·, de Gandolfo. Este cuento ya lo habíamos estudiado en una temporada anterior, pero lo repetí porque ejemplifica muy bien lo que quería explicar. También leímos fragmentos de “Esa máquina roja”, la magnífica novela del uruguayo Pablo Casacuberta, para poder entender cómo esquivar algunos cazabobos de la literatura. Me quedó leerles las instrucciones para tener miedo, de Julio Cortázar, dedicadas al ejercicio que estamos encarando. Van las cinco mejores instrucciones.

“En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere.

En la plaza del Quirinal, en Roma, hay un punto que conocían los iniciados hasta el siglo XIX, y desde el cual, con luna llena, se ven moverse lentamente las estatuas de los Dióscuros que luchan con sus caballos encabritados.

En Amalfí, al terminar la zona costanera, hay un malecón que entra en el mar y la noche. Se oye ladrar a un perro más allá de la última farola.

Se sabe de un viajante de comercio a quien le empezó a doler la muñeca izquierda, justamente debajo del reloj de pulsera. Al arrancarse el reloj, saltó la sangre: la herida mostraba la huella de unos dientes muy finos.

El médico termina de examinarnos y nos tranquiliza. Su voz grave y cordial precede los medicamentos cuya receta escribe ahora, sentado ante su mesa. De cuando en cuando alza la cabeza y sonríe, alentándonos. No es de cuidado, en una semana estaremos bien. Nos arrellanamos en nuestro sillón, felices, y miramos distraídamente en torno. De pronto, en la penumbra debajo de la mesa vemos las piernas del médico. Se ha subido los pantalones hasta los muslos, y tiene medias de mujer.”

La compañera nueva, Laura, trajo vino blanco frappé para celebrar el Sushi Nil, y un cuento para disfrutar en el taller. Fabián también leyó Lala IV, que tiene destino de obra maestra si se anima a corregirlo como le dijimos.

Tenemos un gran grupo.